El sacrificio de Cristo lo cambia todo —tanto nuestro destino como nuestra vida diaria.
por Fil Anderson
Marcos 14.42-46
Después de la crucifixión, un acaudalado líder judío llamado José de Arimatea preguntó a Pilato si podía entregarle el cuerpo de Jesús para darle sepultura. Con toda seguridad, José sabía el gran peligro que representaba pedir permiso a Roma para dar una digna sepultura a un malhechor condenado por traición. Y, sin duda, también estaba consciente de que su reputación y su estatus en la comunidad religiosa estarían en peligro.
¿Qué dio a José, un seguidor secreto de Jesús, la valentía para dar un paso al frente, mientras que los amigos más cercanos del Señor dieron un paso atrás por temor? ¿Fue porque José había estado esperando con ansias la llegada del reino de Dios? (Ver Marcos 15.43)
El sacrificio de Cristo lo cambia todo —tanto nuestro destino como nuestra vida diaria— permitiéndonos vivir con la conciencia de una esperanza sin límites y de una determinación firme. Sin embargo, a veces me pregunto: ¿Cuántas veces ignoro o paso por alto la presencia de Dios? ¿Estoy realmente a la expectativa de su llegada?
Estas son preguntas importantes cada día de mi vida. Porque dónde aparece, qué piensa y qué dice el Señor, muchas veces no es lo que me mantiene alerta. No soy el único que batalla con esto. Piense en José de Arimatea, Pedro, Juan y las mujeres que descubrieron la tumba vacía. A pesar de la garantía de Jesús, no esperaban su muerte. Y después que fue sepultado, ¿qué expectativa tenían? Su sorpresa e incredulidad cuando apareció otra vez nos dan la respuesta.
Hace años recibí una carta de un amigo que luchaba con el mismo problema. “Lo único que puedo hacer”, escribió, “es vivir cada momento como se presente, y estar consciente de que Dios está en él”. Su conclusión era: “Quiero dejar que la lucha, el dolor y la herida coexistan con el gozo, la paz y la esperanza”.
Es posible que no sea fácil vivir a la expectativa de la llegada de Cristo entre las realidades presentes y las realidades futuras, pero creo que es la mejor actitud. Una madre enlutada por la muerte de su hijo, dijo: “Estoy descubriendo cómo danzan juntos el dolor y la esperanza”.
¡Eso es vivir estando a la expectativa!
Devocional original de Ministerios En Contacto