Si nos sometemos a Dios y permitimos que Él nos transforme, entonces nuestra conciencia y nuestro testimonio serán fuertes y claros.

Hechos 24.14-16

Si entendemos que somos pecadores salvados por gracia, podemos encontrarnos luchando con la idea de una “conciencia irreprensible” (Hch 24.16). Después de todo, conocemos nuestros corazones y motivaciones. Sin embargo, el apóstol Pablo encontró una manera de asegurarse de que su conciencia lo aprobara en vez de condenarlo. ¿Cuál era su secreto? Prestaba atención a su fe y a su conducta.

En el pasaje de hoy, Pablo presentó su caso ante el gobernador romano Félix, mostrando la coherencia de su fe y de su conducta como evidencias de inocencia. Sus acciones estaban determinadas por sus convicciones —es decir, que él servía al Dios de sus padres, y Dios resucitaría a los muertos para ser juzgados. Juntas, estas dos firmes creencias lo ayudaban a mantener una conciencia tranquila.

Como discípulo de Cristo, Pablo sabía que nuestras acciones fluyen de lo que somos en el interior. En el Sermón del monte, Jesús describió las condiciones del corazón, y lo ilustró con aplicaciones prácticas. Estaba diciendo que sus seguidores serían “la luz del mundo” por sus obras, pero las obras comienzan en el corazón (Mt 5.14-16; Lc 6.45).

Con frecuencia, los cristianos nos centramos en hacer las cosas correctas, en vez de centrarnos en las convicciones subyacentes que impulsan esa conducta. Podemos dar, servir o actuar “bien” de alguna otra manera, pero a menos que prestemos atención a las convicciones que motivan nuestras acciones, podemos terminar con una conciencia impura. Pero si nos sometemos a Dios y permitimos que Él nos transforme, entonces nuestra conciencia y nuestro testimonio serán fuertes y claros.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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La combinación de fe y conducta

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