Comprometer las convicciones cediendo a los deseos carnales, conduce a la corrupción interna.

1 Juan 2.15-29

En el mundo de la política, las concesiones es lo que se busca. Hay que renunciar a una cosa para conseguir algo que se desee. Sin embargo, algunos compromisos son buenos, como renunciar a nuestro deseo de mirar televisión cuando nuestros hijos nos piden que juguemos con ellos. No obstante, cada vez que comprometamos nuestras convicciones en cuanto a moralidad, integridad, obediencia a Dios o la verdad de las Sagradas Escrituras, pagaremos un alto precio.

Dentro de cada uno de nosotros se libra una batalla. Como creyentes, tenemos al Espíritu Santo que mora en nosotros, que nos convence de pecado, nos impulsa a la obediencia y nos enseña la verdad. Pero también hay una parte carnal que anhela los placeres egoístas, y concede valor a las prioridades de este mundo caído. Por mucho que lo intentemos, no podemos cruzar la barrera que hay entre la carne y el Espíritu. Santiago 4.4 dice que la amistad del mundo es enemistad contra Dios. Debemos tomar una decisión, no solo una vez, sino a diario —e incluso cada hora.

Comprometer las convicciones cediendo a los deseos carnales, conduce a la corrupción interna (Efesios 4.21-24). Es posible que no lo notemos al principio, pero salirnos de los límites de la obediencia afecta nuestra mente y decisiones. Cada transigencia hace que la siguiente sea más fácil. Satanás comienza obteniendo un punto de apoyo y luego otro, hasta que construye una fortaleza. El resultado final es la ruina, pues Dios nos permite cosechar lo que sembramos. En vez de nadar entre dos aguas, tomemos la decisión de seguir al Señor de todo corazón y de cosechar los beneficios de una vida dedicada a Cristo.

Devocional original de Ministerios En Contacto

198

El alto costo de la transigencia

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