Nuestra debilidad le permite a Dios demostrar su poder en nosotros.

2 Corintios 12.7-10

Nadie se jacta de sus debilidades. En un mundo donde la independencia, la aptitud física y la autosuficiencia son valoradas, nos esforzamos por ocultar cualquier limitación. Queremos parecer competentes y capaces de manejar todo lo que se nos presente. Pero el Señor no valora mucho la autosuficiencia. La salvación misma requiere que nos humillemos, reconozcamos que somos pecadores y vengamos con las manos vacías a Jesucristo, confiando en Él para salvación. Incluso en la iglesia, estamos llamados a dar a conocer nuestras luchas, confesarnos nuestros pecados y orar unos por otros.

La debilidad es nuestra amiga, no una enemiga. El orgullo humano es una fuerza poderosa que debe ser desarraigada. Y la debilidad es, con frecuencia, la herramienta que Dios usa para eso. En la vida de Pablo, era un “aguijón en la carne”; en el nuestro, puede ser una enfermedad, el envejecimiento, una necesidad económica o cualquier otra cosa que nos ponga de rodillas. ¡Pero qué buena situación es postrarse ante Dios para pedir su ayuda!

Todo el mundo tiene cierta cantidad de fortaleza, pero la capacidad humana puede llevar a una persona solo hasta cierto punto. Algunas situaciones consumen cada gota de energía que tengamos, y exigen todavía más. Cuando no podamos dar un paso más, Cristo no nos abandonará. Nuestra debilidad le permite a Dios demostrar su poder en nosotros. Solo así encontramos la fuerza, la valentía y la paz que necesitamos para seguir viviendo para su gloria. Él nos capacitará no solo para soportar la prueba, sino también para atravesarla con un gozo inexplicable.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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La fuente de nuestra fortaleza

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