Nuestro corazón, boca y manos deben cooperar para ministrar en el nombre del Señor.

Mateo 8.1-4

Siete veces en el evangelio de Mateo, Cristo se encontró con enfermos y los sanó con tan solo tocarlos. Aunque tenía poder para decir una palabra u ordenar a las enfermedades que se fueran, a menudo elegía un método más práctico. En el caso del leproso en el pasaje de hoy, el toque personal del Señor debe haber sido algo que el hombre rara vez experimentara, ya que era considerado intocable. De hecho, esa puede ser la razón por la cual el Señor eligió esta forma de sanarlo. La necesidad del toque de un ser humano no ha desaparecido en los 2.000 años desde que el Señor caminó en la Tierra. No obstante, en un mundo dominado por las redes sociales y la tecnología, ahora estamos más aislados que nunca. El contacto físico está siendo reemplazado por el “me gusta” en Facebook. Y cuando pensamos en el tacto, a menudo se le asocia con inmoralidad. ¿Cómo se llegó a distorsionar la definición de esta hermosa palabra?

Como cristianos, tenemos la oportunidad de “tocar” a las personas de diversas maneras, incluyendo con nuestras palabras; por ejemplo, la proclamación de la salvación por medio de Jesucristo puede transformar la vida y el destino eterno de una persona. Sin embargo, el ministerio también se lleva a cabo con nuestras manos a través del servicio, la compasión y el estímulo de un abrazo o una palmada amorosa en el hombro. Nuestro corazón, boca y manos deben cooperar para ministrar en el nombre del Señor. Y ya sea que estemos solos o acompañados, tenemos el privilegio de tocar vidas a través de la oración. Dios tocaba a las personas, tanto física como espiritualmente; y nosotros, como sus seguidores, debemos hacer lo mismo. Busque oportunidades en las que Dios pueda usarle para su gloria.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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El toque que transforma

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