Dios nos transforma a lo largo de nuestra vida para que nos parezcamos cada vez más a Cristo.

Ezequiel 36.25-27

Me maravilla la metamorfosis de la oruga. Un insecto viscoso y erizado que se desaparece para convertirse en crisálida, y al poco tiempo surge una delicada y hermosa mariposa. Es algo maravilloso.

Nuestra transformación en el momento de la salvación es igualmente radical y milagrosa. De un corazón destinado a la muerte, pecaminoso y depravado, Dios saca una criatura nueva que ha sido perdonada, hecha justa y creada para tener el Espíritu de Dios dentro de sí (2 Co 5.21; Jn 14.17).

¿Se ha preguntado alguna vez por qué seguimos luchando con el pecado después de poner la fe en Cristo como Salvador? ¿No deberían haber desaparecido todos los hábitos e inclinaciones de nuestro viejo corazón? La respuesta es que el término “nueva criatura” se refiere a nuestra posición en Cristo. Es cierto que los creyentes son perdonados y que están eternamente seguros como hijos del Padre celestial, pero seguimos viviendo en cuerpos carnales, y mientras estemos en la tierra habrá una batalla entre el espíritu y la carne.

Dios nos transforma a lo largo de nuestra vida para que nos parezcamos cada vez más a Cristo. Su Espíritu nos ayuda a combatir el pecado, y nos enseña cómo vivir. Este proceso, llamado santificación, es una peregrinación que durará hasta que seamos llamados a nuestro hogar celestial.

Mientras que la salvación es un hecho que sucede una sola vez, la santificación es un proceso de toda la vida. Y aunque el Señor ve a los creyentes como justos, todavía tenemos la capacidad de pecar. Felizmente, el Espíritu de Dios nos guía y nos da poder para ser más como Cristo, y si nos sometemos a Él, nuestra conducta y pensamientos cambiarán.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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La transformación del creyente

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