Todos somos seres eternos porque fuimos hechos a la imagen de Dios (Gn 1.26).

Lucas 16.19-26

Todos somos seres eternos porque fuimos hechos a la imagen de Dios (Gn 1.26). Después de la muerte física, nuestro espíritu vivirá para siempre. El lugar donde residiremos —el cielo o el infierno— dependerá de si hemos aceptado o rechazado a Cristo como nuestro Señor y Salvador personal. La Biblia enseña que todos hemos pecado y merecemos un castigo (Ro 3.23; 6.23). No hay nada que podamos hacer para ganar el perdón de Dios. Por eso nuestro Padre celestial envió a su Hijo Jesús a tomar nuestros pecados sobre sí y experimentar el castigo en nuestro lugar. De esa manera, llegamos a ser parte de la familia de Dios y nos espera la eternidad con Él en el cielo. Su único requisito para esta bendición asombrosa es que reconozcamos que somos pecadores necesitados de un Salvador, y que creamos que Cristo murió para salvarnos (Ro 10.9, 10). Quienes rechacen a Cristo pasarán la vida después de la muerte separados de Él, pero quienes crean vivirán con Él para siempre.

Cada persona, al final, vivirá en el cielo o en el infierno, los cuales son lugares reales descritos en la Biblia. En el cielo, nunca más conoceremos el dolor, la tristeza ni las lágrimas (Ap 21.4). Pero el infierno es lo opuesto. Es un lugar de castigo; la escena es de agonía y tormento interminable. El pasaje de hoy ilustra esta dura realidad. El castigo eterno y la realidad del infierno nunca son temas fáciles de considerar, pero son de vital importancia porque sucederán. No permita que sus sentimientos le alejen de las verdades registradas en las Sagradas Escrituras. Por el contrario, preste atención a las advertencias, y asegúrese de que está yendo rumbo al cielo.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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Nuestro destino eterno

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