Luchar por perfección puede ser una trampa que nos aleja de tener una vida consagrada.

Mateo 9.11-13

Existe una idea equivocada y muy común de que los creyentes deben ser perfectos. Al fingir tener su vida en orden, muchas personas ponen cara de felicidad y hablan como que todo fuera perfecto. A veces nos avergüenza admitir nuestros defectos, como si no existieran. Sin embargo, la salvación por medio de Cristo no cambia el hecho de que el pecado está presente en nuestra vida. Cuando nacemos de nuevo, Dios nos perdona y nos ve como justos. Pero nuestra batalla contra el pecado continúa hasta que lleguemos al cielo.

En realidad, luchar por perfección puede ser una trampa que nos aleja de tener una vida consagrada. Hacerlo es una forma de confiar en nuestras propias habilidades. Cristo dijo que vino a sanar a los enfermos espirituales porque reconocían su debilidad. Con la comprensión de nuestra insuficiencia viene la toma de conciencia de nuestra necesidad de Él. El mundo ve a las personas exitosas como poderosas y autosuficientes, pero al Señor no le interesan estas cualidades. Antes bien, quiere que las personas sean conscientes de su corrupción. Este es el fundamento de la santidad.

Debemos aceptar nuestra necesidad y buscar a Dios. Hacerlo permite el desarrollo del hambre de la Palabra de Dios, servicio fiel, profundización de la confianza, y toma de decisiones basadas en principios en vez de preferencias. Con paciencia y misericordia, Dios nos ayuda a madurar. Tenga cuidado de no ocultar sus pecados para parecer un “buen cristiano”. Sin el reconocimiento y la confesión de nuestro pecado, es imposible confiar por completo en Dios. Solo con esta conciencia podemos buscarlo, obedecerlo por medio de su poder y arrepentirnos cuando fallemos.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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Una vida de santidad

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