Dios dejó en claro por medio de su relación con los israelitas que quiere ser la prioridad de cada creyente.

Malaquías 1.6-14

El profeta Malaquías escribió aproximadamente un siglo después de que el pueblo de Israel había salido del cautiverio babilónico y reconstruido tanto Jerusalén como el templo. Aunque se produjo un avivamiento bajo Nehemías, a estas alturas la nación había perdido su celo y caído en una adoración mecánica.

En vez de ofrecer animales sin defectos en el altar, como prescribía la ley, traían a Dios lo sobrante de sus rebaños: los enfermos, los ciegos y los cojos. El pueblo y los sacerdotes se habían vuelto tan negligentes en su adoración, que no reconocían que algo estaba mal en esas prácticas inaceptables. Puesto que habían descuidado y deshonrado al Señor durante tanto tiempo, ya no sabían quién era Él. Por tanto, no le estaban dando la reverencia que merecía.

Aunque nuestra forma de adoración ya no consiste en sacrificios de animales, podemos ser culpables del mismo pecado: dar a Dios las sobras. Lo mismo que los sacerdotes en Malaquías 1.13, que consideraban fastidiosa la adoración, podemos pensar: Hay tantas otras cosas que podríamos hacer, si no tuviéramos que ir a la iglesia todos los domingos por la mañana.

Pero la adoración no se limita a un día de cada siete. Debe expresarse toda la semana en nuestra devoción a Cristo. Si hacemos de otras actividades las prioridades en nuestra vida, no daremos a Dios lo mejor. Llenar nuestras agendas con cosas por hacer, deja poco tiempo o energías para orar, leer la Palabra o servir al Señor. Sin embargo, estas son las actividades que enriquecen nuestra relación con Dios: nos inspiran a adorar y a honrar al Señor dándole lo mejor de nosotros.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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Cuando le damos las sobras a Dios

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