Cristo ofreció su vida como la muerte vicaria necesaria para satisfacer la justicia de Dios.

Juan 1.19-29

Desde el principio, Dios trató con el pecado a través del derramamiento de sangre. Cuando se cometió el primer acto de desobediencia de la humanidad, el Señor mismo instituyó el sistema de sacrificios: mató a un animal y utilizó su piel para cubrir a Adán y Eva físicamente, tal como su sangre “cubría” su pecado. Sin embargo, esa fue una solución temporal. Solo la sangre derramada de Jesucristo podría expiar el pecado y eliminarlo de manera permanente.

El Hijo de Dios vino a cargar con el pecado de toda la humanidad. Vivió sin cometer pecado, y luego asumió la plena responsabilidad por todas nuestras culpas y transgresiones. A través de su muerte en la cruz, quienes confían en Él como Salvador disfrutan de la libertad del perdón, y son hechos justos y santos a los ojos del Padre.

Por eso llamamos al Señor Jesucristo el Cordero de Dios. En el Antiguo Testamento, se sacrificaban corderos para expiar el pecado. De manera semejante, Cristo ofreció su vida como la muerte vicaria necesaria para satisfacer la justicia de Dios. Como resultado, nuestra relación con el Creador fue reconciliada para que pudiéramos ser adoptados como sus hijos. Gracias al Señor Jesús podemos estar delante de Dios y decir: “Gracias por ser mi Padre”.

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El Cordero de Dios

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