Desarrollar una fe vivificante requiere tiempo y energía, además del compromiso de obedecer al Señor.

Hechos 9.1-6

El apóstol Pablo tenía el firme compromiso de conocer y servir a Jesucristo. Su pasión y su amor por el Señor eran obvios: el Señor siempre fue el centro de su pensamiento, ya sea que estuviera trabajando como fabricante de tiendas de campaña, predicando a la multitud o incluso estando en la cárcel. ¿Qué alimentaba su amor por el Salvador? La experiencia de conversión de Pablo en el camino a Damasco fue una fuerza motivadora en su vida. Agradecido por el regalo de la gracia que había recibido en la salvación, el apóstol le contaba a otros de su encuentro con el Cristo resucitado y de la manera en que lo transformó. Nosotros, también, tenemos una historia que contar de la misericordia de Dios, tanto al salvarnos como al darnos una vida nueva en Él.

El celo del apóstol Pablo también se debía a su firme convicción de que el mensaje del evangelio era verdadero y estaba disponible para todos (Jn 3.16). En la cruz, Cristo tomó todos nuestros pecados: pasados, presentes y futuros sobre sí (1 P 2.24). Sufrió nuestro castigo para que pudiéramos ser perdonados y tener una relación personal con Dios. A través de la fe en Cristo, hemos nacido de nuevo, y el Espíritu Santo que vive en nosotros nos ayuda cada día (Jn 14.26). Cuanto más entendamos lo que el Señor logró, mayor será nuestra pasión por compartir el evangelio. Desarrollar una fe vivificante requiere tiempo y energía, además del compromiso de obedecer al Señor. El estudio regular de la Biblia fortalecerá su fe y le dará la valentía para hablar. Preocuparse por el bienestar espiritual de los demás le motivará a tomar acción.

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El desarrollo de una fe vivificante

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