Nada de lo que podamos hacer podrá separarnos del amor de Dios.

Juan 8.1-11

Una aflicción es una presión demoledora que amenaza con destruirnos. Nuestra salud, nuestra paz mental o nuestras relaciones pueden peligrar. Sabemos que Dios nos consolará cuando estemos enfermos, pero, ¿estará Él con nosotros cuando estemos sufriendo por los pecados que hayamos cometido?

Esta es una pregunta que muchos creyentes se hacen, y muchas veces su respuesta es no. Pero el Señor no nos condena por el pecado, porque Él lo ha olvidado (Vea He 8.12). Lo que permanece son las consecuencias de nuestras acciones pecaminosas. Si nos volvemos a Dios, Él aliviará nuestra alma y nos guiará con toda seguridad a través de sus dolorosas consecuencias. Bajo su influencia, el dolor que nos causamos es tolerable y sirve para fortalecer la fe.

Recordemos a la mujer que fue llevada delante de Jesús por los fariseos. Había sido sorprendida en adulterio, lo cual era una clara violación de la ley. Los líderes religiosos estaban listos para lanzarle piedras, pero Jesús le habló a la mujer con compasión. Aunque Él, de ninguna manera, toleró su pecado, sí reconoció que ella ya estaba enfrentando las consecuencias de sus malas acciones. La perdonó, diciendo: “Vete, y no peques más” (Jn 8.11).

Nada de lo que podamos hacer podrá separarnos del amor de Dios. Una manera que Él tiene de expresar ese amor es mediante su promesa de consuelo cuando suframos, aunque el dolor lo hayamos causado nosotros mismos. Podemos dejar que la vergüenza nos haga alejarnos de los brazos del Padre celestial, convencidos de que Él no dará aliento a quien haya desobedecido, o podemos creer que es “Padre de misericordias y Dios de toda consolación” (2 Co 1.3).

Devocional original de Ministerios En Contacto

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El Dios de toda consolación

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