El Señor no es solo nuestro Creador sino también nuestro Salvador. Por medio de Cristo, el Padre nos ha salvado de la destrucción eterna.

Marcos 12.28-34

La mayoría de nosotros estamos familiarizados con lo que se conoce como el Gran Mandamiento: amar al Señor con todo nuestro corazón, alma y mente. Sin embargo, ninguno de nosotros se siente apto para esa tarea. Nuestro corazón es inconstante; nuestra alma a menudo está prendada de sí misma; y nuestra mente se distrae con facilidad. Tenemos una existencia terrenal que exige nuestro tiempo, atención y energías. El resultado es que, con frecuencia, no nos enfocamos en Aquel que es digno de nuestra devoción incondicional.

Entonces, ¿qué podemos hacer para obedecer mejor este Gran Mandamiento? En cualquier relación, el amor se desarrolla a medida que aprendemos a conocer y apreciar a la otra persona. Por tanto, nuestro lugar de partida para amar a Dios es saber quién es. El Antiguo Testamento proporciona magníficas perspectivas de su naturaleza, poder y amor, pero la imagen más tangible y comprensible que tenemos de Dios es su Hijo. Cuando examinamos el carácter, las palabras y las acciones de Jesucristo en los relatos de los evangelios, percibimos al Padre celestial con mayor claridad.

La segunda razón para amar a Dios es por lo que Él ha hecho. El Señor no es solo nuestro Creador sino también nuestro Salvador. Por medio de Cristo, el Padre nos ha salvado de la destrucción eterna. Hemos sido trasladados del dominio de las tinieblas al reino de su Hijo, y hechos herederos con Cristo (Colosenses 1.12, 13). ¿Qué está impidiéndole buscar, conocer y amar al Señor? ¿Ha apartado tiempo de su apretada agenda para leer la Palabra de Dios y hablar con Él en oración? Al hacerlo, descubrirá que es fácil amar a Dios una vez que lo conoce.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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¿Por qué debemos amar a Dios?

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