El Señor nos ha puesto en una posición de servicio a los demás, para servirle a Él.

1 Pedro 5.6

Recuerdo una de las muchas veces que he sido presentado a lo largo de los años. Un colega se paró ante la audiencia a la que iba a dirigirme, y dijo: “Tengo el placer de presentarles a mi hermano, Charles Stanley, siervo del Dios Altísimo”. ¡Qué presentación tan honrosa fue esa! Pero el título de siervo no está reservado solo para los que trabajan en una iglesia. La promesa del Señor Jesús en Juan 12.26 —de que Dios honraría a quienes le sirven— fue hecha a todos los creyentes. Debemos acercarnos a las actividades de cada día como si estuviéramos trabajando para el Señor, para que el servicio se convierta en un estilo de vida.

Aceptar de manera voluntaria el papel de siervo es contracultural. El mundo nos enseña a buscar el poder, pero aconseja ignorar las oportunidades de servir a menos que haya algún tipo de beneficio personal. No obstante, a los líderes de la iglesia primitiva se les enseñó a ver las cosas de manera diferente. El Señor les dijo que le dieran de comer a los pobres, se acercaran a los enfermos y lavaran los pies sucios. Para estos hombres era un honor identificarse como esclavos, es decir, sirvientes humildes.

El Señor nos ha puesto en una posición de servicio a los demás, para servirle a Él. Los pies que lavamos, en sentido figurado, son los de nuestros familiares, amigos, vecinos y compañeros de trabajo. Debemos hacer nuestro mejor esfuerzo al relacionarnos con otros y al realizar el trabajo que se nos ha dado en este mundo. Hacer menos que esto es rechazar la vida de servicio al Dios Altísimo que hemos sido llamados a vivir.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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El honor más alto del creyente

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