“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”.

1 Corintios 11.27-32

“Porque no hago el bien que quiero, sino el mal que no quiero, eso hago”. ¿Puede usted identificarse con la declaración del apóstol Pablo en Romanos 7.19? Aunque el poder del pecado ha sido anulado en la vida del cristiano, todavía puede ejercer influencia. Por eso el apóstol nos dice que no dejemos que el pecado reine en nuestros cuerpos; de otra manera, podría alejarnos del Señor y obstaculizar su obra de transformación (6.12, 13). La disciplina divina es uno de los medios que Dios utiliza para detener el avance del pecado en la vida de sus hijos. Sin embargo, no siempre tiene que llegar a disciplinarnos. El apóstol exhortó a los corintios a examinar sus corazones antes de participar en la Cena del Señor, para que así pudieran corregirse a sí mismos antes de caer bajo la disciplina del Padre.

Podemos adoptar la misma práctica en nuestra vida cotidiana, preguntando a Dios dónde podríamos estar abrigando actitudes equivocadas o pecados ocultos. Luego, mientras oremos y leamos las Sagradas Escrituras, el Espíritu Santo nos ayudará a ver dónde nos hemos desviado. Si en realidad deseamos madurar en la fe, enfrentaremos con toda sinceridad los aspectos problemáticos que Dios nos indique. Esto se hace confesando nuestros pecados y apartándonos de ellos en arrepentimiento. Pero si aplazamos este proceso, estamos provocando su disciplina. El pecado no es algo que podamos esconder ni ignorar. Si no nos deshacemos de él, crecerá y envenenará nuestra vida. El Padre celestial lo sabe, y debido a que nos ama, puede intervenir con firme disciplina para que podamos ser perdonados y restaurados a la comunión con Él (He 12.6).

Devocional original de Ministerios En Contacto

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Cómo evitar la disciplina de Dios

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