El propósito de la adoración es glorificar a Dios, y comienza con nuestra actitud.

Salmo 95

Vea si se identifica con este escenario: Va a la iglesia y canta alabanzas, pero en realidad no está prestando atención a sus palabras o a su significado. El pastor se pone de pie para orar, y su mente comienza a divagar. Durante el sermón, se distrae y pierde una gran parte del mensaje. Todos hemos tenido esa experiencia, ¿verdad? Es común, y lo ha sido durante mucho tiempo: Isaías censuró a los israelitas por honrar al Señor con sus labios mientras que sus corazones estaban lejos de Él (Is 29.13). Como hijos de Dios, debemos tomar esto en serio y considerar si, en efecto, estamos adorando al Señor, o si solo estamos haciendo las cosas de una manera mecánica. Para adorar de verdad, tenemos que hacerlo más que con palabras de alabanza, y estar atentos. Nuestras mentes deben estar puestas en el Señor, no en asuntos de menor importancia. Al igual que el salmista, todo nuestro ser interno debe estar comprometido tanto en la exaltación del Señor como en la humilde sumisión a Él como nuestro Hacedor y Pastor.

La adoración genuina también requiere un corazón de fe y una disposición de obediencia a Dios. Sería difícil para los no creyentes adorar al Señor, porque no tienen el Espíritu Santo y no pueden entender las cosas espirituales (1 Co 2.14). Dios tampoco considera aceptable la adoración de los creyentes que se aferran al pecado sin arrepentirse (Sal 66.18). Acercarse a Él requiere manos limpias y corazón puro, lo cual solo es posible por medio de Jesucristo (Sal 24.3, 4). El propósito de la adoración es glorificar a Dios, y comienza con nuestra actitud. Debemos llegar a su presencia con un corazón arrepentido y humilde, una mente enfocada en Él, y una vida que demuestre obediencia.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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El corazón que adora

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