Como el cuerpo del Señor Jesús yacía en una tumba, así también estaban sepultadas las esperanzas y los sueños de los discípulos.

Juan 19.30-42

Como el cuerpo del Señor Jesús yacía en una tumba, así también estaban sepultadas las esperanzas y los sueños de los discípulos. Habían dejado todo para seguir al que creían que era el Mesías, y ahora estaba muerto. El temor, la duda y el dolor deben haber pasado por sus mentes. ¿Qué iban a hacer? ¿A dónde podrían ir? ¿Cómo podrían seguir adelante sin su Señor? Las dudas de los discípulos no deberían sorprendernos, porque también las vemos en nosotros. Los hombres de “poca fe”, como el Señor Jesús los llamaba a menudo, no creyeron ni recordaron lo que el Señor había dicho de sí mismo: que daría su vida y la tomaría de nuevo. En la angustia del dolor, todas sus promesas fueron olvidadas.

A veces en nuestra vida, pudiera parecer que Dios nos haya fallado, pero al final sabemos que nunca nos abandonará (He 13.5). No obstante, al igual que los discípulos, experimentaremos circunstancias sombrías que pueden debilitar nuestra fe y destruir nuestras esperanzas. Es entonces cuando más necesitamos recordar las promesas de Dios y meditar en su fidelidad. Sin embargo, a menudo, cuando nos enfrentamos a la incertidumbre, lo único que queremos es una respuesta a nuestro problema o alivio de nuestro dolor. Por lo tanto, con frecuencia intentamos arreglarlo con nuestras propias fuerzas en vez de confiar en Dios y esperar a que actúe. Los discípulos tuvieron que pasar por un sábado sombrío, pero cuando llegó el domingo, su dolor se convirtió en alegría. De la misma manera, si esperamos y confiamos en Dios en medio de la oscuridad de la noche, podemos descansar al saber que la mañana llegará.

Devocional original de Ministerios En Contacto

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Un sábado sombrío

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